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Invertir o jugar en el Casino: ¿Quieres saber cómo invierten los profesionales?

En este artículo hablamos de la diferencia entre “invertir» y “jugar/apostar” y te damos las claves de cómo invierten los expertos.

Vamos a empezar explicando dos conceptos que son diametralmente distintos y que mucha gente tiende a confundir o mezclar, como son: “invertir” y “jugar o apostar».

1. “Invertir” vs  “jugar, apostar”

Invertir es adquirir un determinado activo con la vocación de que forme parte de una cartera diversificada de inversiones, con el objetivo de que nuestro patrimonio se mantenga y crezca en el tiempo, en consonancia con el nivel de riesgo que hemos decidido asumir en el conjunto de nuestro patrimonio. 

A la hora de incorporar o vender un determinado activo en nuestro patrimonio, todos y cada uno de los elementos que lo componen, se analizan desde la perspectiva de lo que nos aportan por sí mismos y en relación con el resto de activos que tenemos en nuestro patrimonio, es decir, cómo contribuyen a diversificar los riesgos y a conseguir una rentabilidad adecuada. El objetivo es siempre obtener una rentabilidad en consonancia con el nivel de riesgo total que estamos asumiendo en nuestro patrimonio en su conjunto.

Jugar o apostar, es un concepto que todos conocemos, es ir al casino y jugarlo todo a un número de la ruleta y esperar que tengamos suerte. No hay nada malo en jugar o apostar, siempre y cuando no nos convierta en unos ludópatas y siempre y cuando invirtamos en ello una mínima parte de nuestro patrimonio.

Lo que suele generar confusión es que normalmente podemos invertir o jugar sobre los mismos tipos de activos. Lo que marca la diferencia entre estos dos conceptos no es el tipo de activo que elijamos, sino la vocación con la que los adquirimos y el porcentaje que representan de nuestro patrimonio.

De la misma manera que podemos jugar en el casino, lo podemos hacer con nuestras inversiones en otros activos (acciones de la bolsa, bonos, inmuebles, suelos, divisas, criptomonedas, start ups, etc.). Lo importante es ser conscientes de que podemos invertir en cualquier clase de activo, incluso en los más arriesgados y especulativos, siempre que el porcentaje en el que lo hagamos sea bajo o muy bajo en relación con nuestro patrimonio total.

Yo me puedo gastar 50€ en la lotería de Navidad cada año si mi patrimonio es de 100.000€, lo que no tendría ningún sentido es que me gastara los 100.000€ en dicha lotería o peor aún, que además pidiera prestados 50.000€ y me gastara 150.000€ en ello.

Por otra parte, también conviene recordar que nadie se hace rico a corto plazo diversificando. Si tienes muy poco dinero, no vas a tener un euro para invertir en nada y menos para invertir de forma diversificada en diferentes tipos de activos.

Si tenemos poco dinero y queremos incrementarlo, tenemos que concentrarnos en una inversión y tener la capacidad, el talento y la suerte de que tenga una evolución extraordinaria. En este caso estamos pensando en todos los emprendedores que empezaron de la nada y que ahora son las principales fortunas mundiales. Todos ellos concentraron sus esfuerzos en su compañía.

Por tanto tenemos que distinguir que para tener una rentabilidad absolutamente extraordinaria tenemos que concentrar y rezar para que nos salga bien, pero esto supone siempre asumir el riesgo de perder todo lo poco que tenemos. 

Si nuestro objetivo no es convertirnos en ricos desde la nada, sino preservar y mantener el patrimonio que tenemos, consolidando el poder adquisitivo en el tiempo y consiguiendo una rentabilidad adecuada al riesgo que hemos decidido asumir, entonces debemos diversificar.

2. Abre tu mente y diversifica con cabeza

Todo esto gira en torno a un concepto fundamental, el riesgo, que se suele entender de manera simétrica, es decir, si queremos ganar mucho debemos estar dispuestos a perder mucho y sensu contrario, si queremos perder poco, debemos conformarnos con ganar poco.

Diversificar supone necesariamente que al haber invertido en tipos de activos con comportamientos muy diferentes, o incluso opuestos ante las mismas situaciones, siempre que determinados activos vayan bien, otros activos que actúan de contrapeso de éstos lo van a hacer necesariamente mal.

Es decir, si hemos tenido un año muy bueno en bolsa, lo más probable es que la rentabilidad de nuestras inversiones en bonos haya ido mal y viceversa. Al diversificar ganamos menos que en nuestra inversión que mejor lo ha hecho, porque tenemos otras inversiones que actúan de contrapeso de las primeras. 

El beneficio de la diversificación es que nuestro patrimonio tiene menos oscilaciones de valor en el tiempo, tiene menos riesgo que tenerlo todo invertido en una sola cosa, y pase lo que pase, un patrimonio bien diversificado va a comportarse de manera más coherente a lo largo del tiempo, especialmente en situaciones inesperadas o de crisis. 

El objetivo es conseguir la mejor rentabilidad dado el nivel de riesgo que deseemos asumir y este propósito siempre se consigue mejor a lo largo del tiempo con un patrimonio bien diversificado que con inversiones concentradas en unos pocos activos.

Cuando hablamos de diversificación, tenemos que abrir nuestra mente e invertir en las grandes clases de activos que hoy en día están disponibles para nosotros. 

Además de diversificar nuestras inversiones de manera que tengan comportamientos lo más opuestos posible ante los diferentes factores de riesgo, crisis o eventos inesperados, deberíamos tener en cuenta el mayor o menor grado de liquidez que tiene cada tipo de activo. 

Nuestro objetivo debe ser compaginar una adecuada diversificación de nuestro patrimonio junto con el nivel de liquidez que es conveniente para cada uno de nosotros, dadas nuestras circunstancias personales (edad, nivel de endeudamiento, ingresos personales, gastos previstos, situación familiar, estado de salud, inversiones que tenemos que realizar en el futuro, etc.). 

En realidad, la liquidez es un factor más a tener muy en cuenta. En concreto, el riesgo de iliquidez, es decir, que cuando queramos convertir en dinero alguna de nuestras inversiones, no sea posible o solo sea posible a un precio muy inferior al que pensábamos. 

En este sentido podemos clasificar las inversiones por su grado de liquidez, siendo las más líquidas el cash, los depósitos a la vista, los bonos cotizados y la bolsa, que son conocidas como inversiones tradicionales y habitualmente cotizan en mercados organizados. 

Por otro lado están lo que se conocen como inversiones alternativas (se llaman así porque son alternativas a las tradicionales) y que son las no cotizadas en mercados organizados y que por tanto tienen menor liquidez. Este segundo grupo lo constituyen las inversiones inmobiliarias, las inversiones en empresas no cotizadas (también conocido como Private Equity o Capital Riesgo), las inversiones en bonos no cotizados (también conocido como Private Debt), las inversiones en Hedge Funds, arte y joyas, principalmente. 

Por tanto tenemos un gran abanico de diferentes tipos de activos en los que invertir nuestro patrimonio y  debemos buscar el mayor grado de diversificación posible. 

Por ejemplo, cuando pensamos en invertir un porcentaje de nuestro patrimonio en bolsa, consideremos especialmente las bolsas internacionales, ya que son las que mejor diversifican el riesgo país que asumimos al estar viviendo o trabajando en España o en el país en el que lo hagamos, y que supondrá seguramente que nuestra vivienda y nuestro trabajo o nuestros ingresos recurrentes dependan en gran medida de la evolución del país en el que trabajamos y residimos. 

Si hablamos de bonos, en general de instrumentos de renta fija, aplica la misma receta que con la bolsa, busquemos bonos de países distintos al que residimos y/o trabajamos. 

Además normalmente nuestra principal inversión inmobiliaria será la vivienda en la que residimos y que normalmente representará un elevado porcentaje de nuestro patrimonio, que estará expuesta por tanto a los riesgos del país en el que esté ubicada. 

En consecuencia lo más recomendable es que en el resto de inversiones que tengamos busquemos que sean internacionales, para no concentrar todos nuestros riesgos en el país en el que residimos y trabajamos.

Otro factor que tenemos que tener muy presente a la hora de diversificar, es no invertir en activos a los que ya estoy expuesto por mi actividad laboral o profesional. Es decir, si trabajo en el sector inmobiliario, no debería invertir el grueso de mis ahorros en inmuebles, de igual forma, si trabajo en el sector bancario no debería invertir mi ahorro en acciones del sector bancario y menos en las del banco en el que trabajo. 

Este principio aplica a cualquier actividad que sea la fuente principal de nuestros ingresos: si soy taxista, tengo un bar o una gestoría, no debería reinvertir el ahorro que tenga, en esa misma actividad porque estaré duplicando los riesgos. 

En estos casos, lo recomendable es invertir nuestros ahorros en aquellas actividades que tengan una menor correlación con nuestra fuente principal de ingresos.

3. Invierte como los profesionales

Los inversores profesionales, como pueden ser los inversores institucionales (fondos de inversión, fondos de pensiones) y las grandes fortunas, suelen utilizar un instrumento muy valioso a la hora de gestionar su patrimonio. 

Es lo que se conoce como “Documento por escrito de política de inversión” (en inglés “written investment policy statement”).  Este documento recoge los tipos de activos en los que vamos a invertir y el rango de porcentajes en el que vamos a invertir en cada uno de ellos, dados nuestros objetivos y nuestro perfil de riesgo. 

Por ejemplo, imaginaos que somos una gran fortuna. De manera general y muy simplista este documento podría decir algo así: vamos a mantener en liquidez entre un 5-10% de nuestro patrimonio, en bonos entre un 20-30%, en bolsa entre un 20-30%, en inmuebles entre 15-25% y en capital riesgo entre el 5-10%. 

Esta política de inversión se establece normalmente para un año y se revisa mensualmente, de manera que pase lo que pase, no vamos a estar invertidos menos que el porcentaje mínimo en cada tipo de activo, ni más que el porcentaje máximo que nos hemos marcado. 

De esta manera nos garantizamos una adecuada diversificación y nivel de riesgo acorde con nuestros objetivos y nuestro perfil, de forma que si estamos muy positivos en un activo (por ejemplo en bolsa, no vamos a invertir más de un 30% de nuestro patrimonio en ese año) y por muy negativos que estemos en bonos, no invertiremos menos del 20% en ese mismo año. 

Dichos rangos se revisan cada año o en momentos de sucesos inesperados o crisis, y se modifican de acuerdo con nuestras perspectivas. La razón por la que se utilizan unos rangos es porque habitualmente no acertamos con nuestro pronóstico para cada año y como sabemos que eso suele ser así, siempre mantenemos esos mínimos y máximos para cada tipo de inversión, teniendo presencia en todas ellas. 

Parece obvio, pero es importante recalcar que sea “por escrito” ya que cuando no acertamos tendemos a olvidar las razones por las que decidimos invertir inicialmente y solemos ser muy comprensivos con nuestros errores.

Este sencillo documento que utilizan los inversores profesionales más sofisticados, es muy fácil de usar y deberíamos utilizarlo todos en nuestras inversiones personales, ya que es de gran ayuda para evitar los principales errores que pueden llevar al traste nuestros ahorros y nuestra seguridad económica. 

Esta herramienta es muy efectiva para combatir uno de nuestros grandes enemigos como es el “calentón” con las inversiones que nos gustan (invertirlo todo o un porcentaje elevado de nuestro patrimonio, en algo que nos parezca que tiene muy buena pinta) y que es algo que debemos evitar a toda costa. 

Con este documento mantendremos siempre una adecuada diversificación en el mayor número de tipos de activos posible y en el mayor número de geografías y divisas posible (o al menos en aquellas que tengan una menor correlación con nuestras principales fuentes de ingresos).

Como decíamos al principio, el objetivo de este artículo es que preserves tu patrimonio a lo largo del tiempo, ante cualquier situación inesperada y consigas una rentabilidad adecuada para el nivel de riesgo que has decidido asumir. 

En un próximo artículo, hablaremos del ciclo de vida de la riqueza, de por qué la riqueza se crea y se destruye en su paso por las diferentes generaciones. Lo que se conoce como “el abuelo, lo inventó, el hijo lo hizo crecer y el nieto lo echó todo a perder”.

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