Ah, la política española, ese noble arte del «después de mí, el diluvio»… y esta vez, ¡literalmente! Porque claro, en medio de semejante desastre, a nuestro presidente Sánchez se le ocurrió regalarnos una de esas perlas dignas de grabado en mármol: «Si quieren ayuda, que la pidan.» ¡Qué hombre más generoso! Tan generoso que incluso la ayuda hay que mendigarla.
Y allí están, cientos de personas mirando al cielo, no por la lluvia que cae, sino por si cae algo de ayuda gubernamental. Pero, claro, don Pedro y su corte no son de actuar a la ligera. ¿Previsión de riesgos? ¿Invertir en infraestructuras? ¡Qué va! Eso son tonterías de países aburridos y predecibles. Aquí se confía en el efecto milagroso de la rueda de prensa y, si acaso, en la visita fugaz con el helicóptero presidencial. Y no se diga más: los problemas de nuestro Levante se arreglan con frases épicas.
Para añadir algo de picante a la situación, se corre un rumor de que Sánchez había sido agredido con un palo, aparentemente por grupos de extrema derecha, o al menos eso es lo que se nos vendió. Al final, ni palo, ni agresión, ni extrema derecha: resulta que solo fueron unos vecinos, bastante enfadados eso sí, pero nada de lo que la maquinaria oficial nos quiso hacer creer. Parece que el presidente no solo es experto en distribuir culpas; ahora también es víctima de «ataques imaginarios». ¡Qué lástima que no se imaginen también soluciones para nuestros problemas reales!
Porque para qué hablar de planificación si podemos hablar de bulos, excusas y culpables fantasmales. Mientras la prensa se entretiene en desmentir fábulas, los afectados por la DANA siguen esperando ayuda… eso sí, que la pidan, como ha dicho el maestro. Así que, entre la apatía de los líderes y las excusas de la burocracia, quedan los afectados. Que, si quieren ayuda, pues eso, que la pidan.
Pero no nos preocupemos, porque seguro que ya tienen listo el equipo de expertos para analizar qué ha salido mal. Quizá hasta publiquen un estudio extenso, pagado con nuestros impuestos, claro está, para llegar a la misma conclusión de siempre: el cambio climático y la mala suerte. ¡Qué consuelo para quienes lo han perdido todo!
Un saludo cordial,
Jose