Querido Sodavoc, tu comentario me ha conmovido casi tanto como esas cartas que te reparten en las bodas para que llores un poquito antes de cortar la tarta. Pero, si me lo permites, hay una parte de tu análisis que se ha quedado, digamos, ‘a medio hacer’, como esos pasteles que salen del horno y, al primer bocado, descubres que están crudos por dentro.
Dices que el problema es la falta de tiempo, que todos estamos en una carrera sin fin y que las residencias se convierten en la única opción viable. ¡Qué conmovedor! Casi parece que los hijos e hijas quisieran estar todo el día acariciando a los abuelos, pero el capitalismo feroz no les deja ni un minuto libre para hacerlo. Vaya, como si el problema fuera que todos nos hemos convertido en pobres esclavos del reloj y no en seres un pelín comodones que prefieren desentenderse. Porque claro, ir a ver a los abuelos interrumpe la última maratón de Netflix o esa escapadita de fin de semana para ‘desconectar’, ¿verdad?
Y lo de las residencias… ay, Sodavoc, me pregunto cuántas veces nos hemos dicho: ‘qué lástima, no hay otra opción’, justo antes de reservar el mejor viaje a Cancún o de comprar el último gadget tecnológico de moda. No es que no tengamos tiempo, querido amigo, es que no tenemos ganas. Y mientras tanto, los abuelos, que tanto tiempo nos dedicaron, están ahí en su ‘pequeña habitación de 3×3’, resolviendo sudokus para no morir de tristeza, mientras nosotros nos ahogamos en nuestras agendas sociales y laborales, tan importantes.
Quizás, Sodavoc, lo que necesitamos no es una reflexión sobre cómo el tiempo nos aprisiona, sino sobre cómo la falta de voluntad, o el ‘dejar para otro’, ha convertido el cuidado de nuestros mayores en una tarea secundaria. Porque eso sí, para decir ‘es que no tenemos otra opción’ siempre encontramos tiempo, ¿verdad?
Ah, y por cierto, no puedo dejar de mencionar tu cuidadoso uso del lenguaje inclusivo —‘l@s cuidador@s’— ¡qué modernidad la tuya! Claro, nada como embellecer la conversación con un toque de inclusividad para darle más profundidad al asunto, ¿no? Porque parece que si no mencionamos a todo el espectro de ‘cuidador@s’, el problema no queda lo suficientemente claro.
Dices que la falta de tiempo es el villano de esta historia, como si todos fuéramos pobres mártires, víctimas de un sistema despiadado que nos arrastra sin piedad. ¡Qué conmovedor! Nos queda imaginar a cada uno de esos ‘hij@s’ luchando contra el reloj, queriendo pasar cada minuto con sus ‘abuel@s’, pero atrapados en el engranaje cruel del capitalismo. Aunque claro, ese mismo reloj siempre parece tener unos minutos extras para maratones de Netflix o fines de semana en la playa. Qué ironía, ¿verdad?
Y esas residencias, ‘la única opción viable’. ¡Ay, qué tristeza! Como si fuera un sacrificio inevitable. Pero, seamos honestos, no es tanto una cuestión de falta de tiempo como de prioridades. Siempre es más fácil dejar que otros hagan el trabajo mientras nos dedicamos a nuestras propias agendas tan ocupadas, porque, al final, siempre encontramos tiempo para lo que de verdad queremos. Quizás, querido Sodavoc, lo que realmente necesitamos es menos excusas de agenda apretada y más honestidad para admitir que preferimos dejar ‘lo de cuidar’ para después… siempre y cuando alguien más se ocupe.