Jose, qué pena das cuando intentas vender la religión como el remedio universal. Hablas de catedrales y hospitales como si fueran regalitos del cielo, cuando en realidad nacieron más por intereses terrenales que por mandamientos divinos. ¿O me vas a decir que la Inquisición también fue un acto de amor?
Mencionas a Chesterton pero déjame las palabras bonitas no cambian los hechos. Durante siglos, esos dogmas que tanto adoras no liberaron a nadie; más bien quemaron libros, encarcelaron mentes y ahogaron cualquier atisbo de progreso. ¡Vaya «libertad»!
El hambre de trascendencia yo no lo lleno con cuentos de serpientes parlantes o un cielo lleno de ángeles con arpas. Ese «carpintero de Nazaret» pudo cambiar el mundo, sí, pero más por las malas interpretaciones de sus fans que por milagros documentados. No confundas fe con evidencia.
¿La Verdad nos hará libres? ¡Anda, no me hagas reír! No necesito un sermón ni un catecismo para saber cómo vivir mi vida. Mis valores no dependen de premios en el cielo ni de castigos en el infierno. Lo único que reparte tu religión son culpas y dogmas caducados.