Querido Sodavoc, tu defensa del lenguaje inclusivo casi me ha hecho derramar una lágrima de emoción. Pero vamos a poner las cosas claras: ¿de verdad crees que usar “todxs” y “nosotr@s” va a salvar al mundo? Porque, oye, si con eso se lograse la paz mundial y el fin de las injusticias, yo sería el primero en convertirme en un acérrimo “inclusivista”. Lamentablemente, la realidad es un poco menos poética y un poco más práctica. Cambiar las letras de una palabra no nos hace más inclusivos, solo complica la cosa y, ya que estamos, desorienta un poco al pobre lector que solo quiere entender una frase.
Como bien dices, Sodavoc, “la lengua es de quienes la hablan.” Pues eso, dejémosla tranquila. Porque nuestra lengua ya es bastante generosa: tiene un “masculino genérico” que incluye a todos sin necesidad de cargarla de asteriscos y arrobas. ¡Que la lengua ya sabe ser inclusiva sin tanta ornamentación de teclado!
Dices que la sociedad cambia, y te doy toda la razón. Pero una cosa es la evolución natural del idioma y otra es imponerlo a golpe de ideología. Porque, seamos sinceros, “todxs” y “todes” no surgieron porque una abuela en su cocina decidiera que le sobraba una “o”; surgieron en alguna reunión donde se decidió que el idioma debía pasar por el taller de chapa y pintura para “modernizarse”. ¡Como si el español no llevase siglos modernizándose solo!
Así que, querido Sodavoc, estoy seguro de que el idioma sabrá cuidarse sin necesidad de someterlo a cirugía estética. Porque una cosa es que las palabras nos ayuden a ver el mundo y otra muy distinta es que, a base de añadidos y parches, terminemos sin entendernos. Al final, querido amigo, que cada cual use el lenguaje que quiera, pero que no nos vendan cuentos: la inclusión no se logra cambiando letras, sino entendiendo que todos cabemos en las palabras de toda la vida.