El lenguaje inclusivo no es una moda ni una imposición política sin fundamento. Es una herramienta que busca visibilizar a personas y colectivos que tradicionalmente han sido invisibles en el discurso. ¿Por qué? Porque el lenguaje no solo describe el mundo; lo moldea. Si nos limitamos a usar siempre el masculino como genérico, reforzamos la idea de que “todos” cubre a “todas” cuando, en realidad, muchas personas no se sienten incluidas. No se trata de una imposición para destrozar el idioma, sino de abrir espacio para una comunicación más amplia e inclusiva.
Dices que cambiar las palabras no cambia la realidad. Bueno, la verdad es que los cambios en el idioma siempre han acompañado las transformaciones sociales. El español que usamos hoy no es el mismo que usaban nuestros abuelos, y mucho menos el de los tiempos de Cervantes. La lengua evoluciona precisamente porque la sociedad y sus valores también lo hacen. El hecho de que nos tomemos el tiempo para pensar en cómo dirigimos nuestras palabras y a quiénes queremos incluir habla de una sociedad más consciente.
¿Es complicado usar el “todxs” o el “todes”? Puede ser, y por supuesto, no es una obligación. Sin embargo, algunos prefieren hacerlo porque creen que refleja un compromiso con la inclusión. Y como toda evolución lingüística, esto toma tiempo. Hay quienes lo adoptan, y otros que prefieren mantenerse en el camino tradicional. Pero no veo el problema en que ambos caminos puedan coexistir y enriquecer nuestra comunicación. Después de todo, como dice la propia RAE, la lengua es de quienes la hablan, y los hablantes van decidiendo qué se queda y qué no.
Así que, más que verlo como una amenaza al español o un capricho político, tal vez podamos verlo como una invitación a ser más conscientes y respetuosos con quienes, por una vez, sienten que las palabras también están pensadas para ellos. La verdadera riqueza de la lengua está en su capacidad de adaptarse y reflejar las necesidades de la sociedad.