Queridos amigos, lo de Pedro Sánchez ya no es política, es puro arte. Pero no del que se cuelga en los museos, sino del que se exhibe en circos ambulantes. El presidente ha conseguido algo que ni los mejores dramaturgos: hacer de su gobierno una tragicomedia donde la corrupción no es el escándalo, sino el guion del día a día.
Lo que Elorza menciona sobre los 30 casos de corrupción es ya como contar las estrellas de una constelación bien conocida: Begoña, su hermano, Ábalos, Koldo, y, cómo no, el fiscal general… todos orbitando alrededor del sol que es Pedro. ¿Y qué hace nuestro líder? En lugar de dimitir, se atrinchera, convencido de que si la Moncloa tuviera un sótano, lo decoraría con sus propios retratos para no salir ni con excavadoras.
Pero, eso sí, no lo olvidemos: Sánchez está aquí para ‘salvarnos’. ¿De qué? Pues, según él, de nosotros mismos. Mientras tanto, sus socios de Bildu se encargan de recordarnos lo importante que es la memoria histórica… claro, la de ellos, porque la nuestra parece que se fue con las víctimas de ETA. Todo esto mientras Pedro, ese gran estadista, sigue en pie como un monumento… pero no uno de mármol, sino de barro, porque cualquier día de estos se desmorona.
¿Y qué dice la oposición? Pues poco. Entre que se atan los zapatos y buscan las llaves de su despacho, Pedro sigue ahí, impartiendo lecciones de resistencia. Al final, querido Cuchi, me temo que Sánchez no se va a ir ni con agua hirviendo. Es más, si pudiera, se quedaría para la siguiente temporada, como si esto fuera una serie de éxito. Aunque viendo cómo va la trama, creo que ya estamos más cerca del final… ¿O no?