Pues sí, señoras y señores, parece que Mario Draghi ha vuelto a poner su lupa sobre nuestra querida Unión Europea, esa institución que siempre llega tarde a la fiesta pero, ¡ojo!, llega con traje de gala. Draghi, con su habitual tono mesurado —casi como si estuviera describiendo una tarde tranquila en el campo—, nos ha contado que Europa está al borde de una «lenta agonía». ¡Qué original! ¿Cómo no se nos ocurrió antes? Todo el mundo mirando cómo el tren de la economía nos pasa por encima mientras en Bruselas siguen debatiendo si el champán va con caviar o mejor con foie gras.
El informe habla de digitalización, descarbonización, defensa… Vamos, lo de siempre, pero ¿y el campo, Draghi? ¿Dónde queda la agricultura, la ganadería, los sectores que nos mantienen alimentados mientras nos obsesionamos con las redes 6G y la computación cuántica? Ah, claro, esos sectores deben ser poco glamorosos para el «futuro competitivo» de Europa. Ya no vende hablar de los agricultores que llevan generaciones en el campo o de las vacas que, al parecer, no entienden de innovación tecnológica.
Y luego está la joya de la corona: la propuesta de inyectar 800.000 millones de euros al año. Draghi lo llama «un desafío existencial», pero me suena más a «cruzad los dedos y rezad». Con Alemania jugando al despiste, Francia sacando pecho en su deuda y Meloni más preocupada por los inmigrantes que por cualquier política industrial, ¿alguien realmente cree que Bruselas va a lograr coordinar algo? A este paso, la «lenta agonía» que menciona Draghi se va a convertir en nuestra única tradición verdaderamente europea.
Así que, amigos, ¿es realmente este el futuro que queremos para Europa? ¿Seguimos dejando que los burócratas se distraigan con el último grito en tecnologías mientras el sector primario, ese del que depende nuestra supervivencia, languidece en un rincón? ¿O empezamos a poner los pies en la tierra, literal y figuradamente, antes de que la lenta agonía se convierta en algo irreversible?